miércoles, 16 de marzo de 2016

Luma, la pintora de Altamira

La pequeña niña observa todos los días el ritual de su padre, el trabajo que le habían encomendado para el resto de su vida: obtener colores de la propia naturaleza,  ¿para qué? Para crear lo que hoy llamamos arte, un arte que para ellos no era otra cosa que un ritual, una llamada a la naturaleza, a los dioses y las estrellas para ayudarlos en la caza.

La joven niña aprende como buena discípula la técnica de la obtención de pigmentos a través de la naturaleza. Para  las líneas gruesas se utiliza carbón vegetal, con algunos minerales conseguimos amarillos y ocre y hasta de algunos fluidos se obtienen colores. Ella no sabe leer, ni casi interpretar las imágenes, pero tiene una cosa clara, las quiere pintar, las quiere plasmar en las cuevas, dejarlas, sin saberlo aún, para siempre en los libros de la historia del arte.

Sabe de colores, obtenerlos, desde pequeña lo ha visto,  pero no es eso lo que le interesa.

A ella le interesa dibujarlos. 

Lo hace desde pequeña en la tierra húmeda de su alrededor, en la arena del suelo y hasta en los troncos de los árboles, dibujar los animales que ve a su alrededor.

Pero ella sólo tiene un pensamiento, solo uno le atormenta, y es cómo decirle a su padre que no le interesa su trabajo, que por nada del mundo querría dicha tarea. Su sueño está relacionado con los colores, sí,  pero con otro fin: utilizarlos para crear arte. 

La inocente niña el único problema que ve en su decisión es decepcionar a su padre por no seguir su camino, decirle que no quiere obtener pigmento, que para ella su sueño es pintar y dibujar, transmitir con su arte. 

Nadie le ha planteado a esa niña que el verdadero problema es haber nacido niña, que su verdadero problema radica en su sexo, en ser mujer y que la única tarea encomendada para ella no es otra que la de criar niños, amamantarlos y ser recolectora, que la única manera de dejar su huella en la historia de arte  de la humanidad es ser la madre o la mujer de alguien.

La historia del arte está creada y contada por y para  hombres, la huella de la mujer es casi imperceptible en veinte siglos de historia de la humanidad. 


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